Cómo se cocinan las ideas…

Cómo se cocinan las ideas…

La última vez que estuvimos en Argentina, mi sobrina Valentina nos hizo Turrón Quaker. ¿Sabéis lo que es? Es una de las mejores ideas del mundo porque cualquiera puede llevarla a cabo muy fácilmente y, mientras lo hace, enarbolar una marca como si fuera su mayor embajador y hacerla eterna. Claramente, no es más que un turrón de avena. Tan fácil de hacer que ni siquiera necesita cocción. Tan simple, que da igual que la avena sea marca Quaker o no, lo llamaremos de la misma manera y nos convenceremos de que no sabe igual. Tan eterna que es un clásico de la cultura argenta. Pero, ¿cómo se cocinan las ideas hasta conseguir que pierdan el límite?

Hace un tiempo, hice un post sobre escritura creativa (puedes leerlo ¡aquí!), un tema que siempre me ha interesado mucho porque soy de esas personas que viven “atadas” a un boli. La creatividad y la creación de las ideas me da curiosidad y satisfacción a partes iguales. Y la semana pasada, en mi foto del día en instagram, hice una reflexión sobre cómo, casi sin buscarlo, dejamos que las ideas hagan alarde de su carácter efímero. Porque sí, las dejamos ir sin más. Las descartamos sin muchas vueltas. No las ponemos a prueba, ni las evaluamos con lógica y, ni siquiera, las apuntamos. Simplemente, no creemos en ellas.

El problema de esto es que todas las ideas son buenas por el simple hecho de ser ideas. El mundo entero gira en función de ellas y nada de lo que conocemos sería igual sin una idea a la que se le ha dado la oportunidad de ser. Las ideas encauzadas adecuadamente se convierten en creencia, en propósito, en empeño, en ¡un plan!

La marca que hoy conocemos como Quaker comenzó su andadura comercial en 1870 y fue la suma de muy buenas ideas la que la trajo hasta aquí convirtiéndola en una marca eterna. En sus principios, era una cerealera en Canadá. Vendían avena y necesitaban solo una cosa: vender más. Para ello se aprovecharon, por un lado, de los beneficios de su producto (avena=salud) y, por otro, de sus ideas. Así que en 1879 la compañía tomó el nombre de Avena Quaker, se mudó a EEUU e hizo su primera campaña publicitaria a nivel nacional para darse a conocer, la primera vez que se hacía cosa semejante con unos cereales para el desayuno. Seis años más tarde tuvieron su primer hito: la caja de cereales. Lo que hizo posible comenzar con la masificación del producto y así meterse en los hogares de forma fácil y práctica.

Pero seamos realistas: para tener un producto tan simple y que todo el  mundo lo quiera comprar, se necesita mucho más que una caja y buena fama. A partir de 1900 comenzaron a trabajar tanto en el producto como en las ideas. Así surgió la avena instantánea y, también, las cajas con recetas. Recetas que por ejemplo, en Argentina, dieron lugar al famoso Turrón Quaker.

Hasta aquí, todo normal… Una empresa de cereal que vende cereal y encuentra formas de venderlo más y mejor. ¿Verdad?

¿Pero qué pensaríais si os dijera que en los ´70 Quaker financió la película “Willy Wonka y la fábrica de chocolate”, lo que le permitió fabricar y sacar al mercado la barra de caramelo Wonka? Poneros un momento en la piel del “Sr. Quaker”. Ésta es, seguramente, una de esas ideas que dejaríamos escapar sin más.  Ni siquiera la valoraríamos. ¿Una empresa de avena en caja fabricando una barra de caramelo como si fuera merchandising? ¿En serio? Sin embargo, fue una muy buena idea que llevó a la compañía a crear sus ahora famosas barras de cereal (las primeras del mercado) y que, entre otras ganancias, en 1988 le dejó millones de dólares una vez que la fábrica Willy Wonka y su línea de dulces fueron comprados por Nestlé.

Así que, como veis, aunque una idea de “antes y después” tiene un valor incalculable, todas las ideas, aun las menos trascendentales en apariencia, siempre valen su peso en oro  por su potencial. Más tarde o más temprano, se pueden convertir en valiosas: ahora, porque hayan nacido en el momento perfecto (como la caja de cereales de Quaker); o más tarde, porque el entorno cambie o tal vez como parte de otras ideas (como utilizar la fábrica de barras de caramelo para barras de cereal o al vender los derechos de la barra de la película a otra compañía).

 

“De qué sirve tener tantos pájaros en la cabeza si ninguno sabe volar” (Lena Carrilero).

 

Dale una oportunidad a tus ideas

Empieza por estrenar esa libreta que te da pena hasta tocar de lo bonita a rabiar que es y regálale vida, que para eso ha nacido. Tenla siempre, siempre a mano y escribe cada día algo.

Cuando creas que no tienes nada que apuntar, comienza por cosas que te llamen la atención, que siempre las habrá: frases, colores, sensaciones, sentimientos, gente en el bus…

Sigue por soluciones para tus pequeños problemas diarios: “Llevo dos días conciliando el sueño muy liviano, probaré a quitarme el café de la tarde y veré si encuentro algo de info sobre relajación”, por ejemplo.

Al final, las ideas llegarán solas y te pillarán libreta en mano.

 

Convierte tus ideas en una realidad

Hay ideas a las que se las lleva el viento, sin más, porque nos parecen absurdas, tontas e imposibles de realizar. Pero por muy absurdo, tonto e imposible que parezca algo, solo significa que aún no ha madurado. Así que permítete crear ideas y darles un espacio en esa libreta tan mona que espero ya estés estrenando.

Una vez que las tengas en papel, es hora de hacerlas caer del árbol. ¿Cómo? Muy fácil. Las opciones siempre suelen ser tres:

1.- Charlarlo con la almohada.

2.- Compartirlo con un ser afín.

3.- Dejarlo estar un tiempo.

Sea como sea, tienes que analizar pros, contras y viabilidad. Si eres capaz de apuntar por qué es una buena idea, por qué no lo es tanto y qué es lo que ahora mismo la hace viable o inviable, ya tienes la mitad del terreno ganado.

Si decides que tu idea vale la pena, el resto del camino consiste en trabajar para conseguirlo. Y si resulta que aún no es lo suficientemente buena, apuntada queda. Quizás algún día te lleve hasta algo maravilloso.

Darles un espacio a tus ideas te llevará a creer en ellas. Primero quizás titubees un poco pero, al final, creerás en ellas antes incluso de analizarlas. Cuando llegues a ese punto, te darás cuenta de que en lo que crees, en verdad, es en ti.

Si quieres ver la receta del famoso turrón de este post, ¡pincha aquí! Nos vemos, como siempre, en los comentarios. Así charlamos un ratito, ¿te parece?

Muchísimas gracias por estar ahí, ¡siempre!

Bicos,

Sami

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Sami Garra
hola@samigarra.com
6 Comentarios
  • Claudia Torres Leos
    Publicado a las 17:44h, 27 septiembre Responder

    Hola Sami! Me ha encantado tu post pero sobre todo me ha inspirado, soy de esas que compran miles de libretas bonitas y las tienen guardadas por miedo a estropearlas o a que mis escritos no sean dignos de ellas. A mi también me gusta mucho escribir, incluso he pensado en escribir un blog (esto desde hace como 2 años, imagínate!) pero es ese miedo…
    Pero gracias por este post que a mas de una nos hará querer salir de nuestra zona de confort y animarnos a escribir. Me encanta todo lo que haces, te reitero, eres inspiradora!!
    Saludos desde México!!

    • Sami Garra
      Publicado a las 18:40h, 29 septiembre Responder

      Muchísimas gracias por tus palabras, Claudia!
      Me alegra mucho saber que han servido para inspirarte ^.^

      ¡Bicos!

  • Mrs. Maple
    Publicado a las 10:21h, 28 septiembre Responder

    Muy inspirador y gran frase la de pájaros en la cabeza….volamos?

  • Nana Limonada
    Publicado a las 14:25h, 28 septiembre Responder

    Vivo pegada a un cuaderno bonito 🙂 Las ideas son para darles vida tarde o temprano.

    • Sami Garra
      Publicado a las 18:41h, 29 septiembre Responder

      ¡Tú lo has dicho, Nana! Muchas gracias por la visita! ^.^

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